El vientre vacío – Noemí López Trujillo

El vientre vacío es un ensayo basado en estadísticas y datos objetivos que, sin embargo, consigue transmitir la rabia y el miedo de toda una generación. Con él he aprendido que mi dolor, mi sentimiento de culpa y mi frustración son una emoción colectiva. Porque el problema es estructural, el sistema está diseñado pensando en la lógica capitalista, sin tener en cuenta nuestras necesidades.

La crisis económica nos cambió para siempre, ya no hay vuelta atrás.

«La capacidad de predecir cómo serán nuestras propias vidas no existe, porque la precariedad ha dinamitado la posibilidad de visualizar nuestro futuro. Las dinámicas se han configurado para que todo dure poco: quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso».

El vientre vacío analiza las consecuencias de la inestabilidad laboral en todos los aspectos. No solo el económico, que es fundamental. También se centra en las consecuencias para la salud física y mental que suponen esta situación y el ritmo de vida tan acelerado y antinatural que se nos ha impuesto.

Lo peor es que se intenta anular nuestras justas reclamaciones.

Se nos dice que podemos sentirnos incluso privilegiados por ser mileuristas. Al fin y al cabo, hay mucha gente que ni siquiera tiene trabajo. Hemos llegado al punto en el que nos sentimos culpables por empeñarnos en vivir de lo que hemos estudiado, en vez de encadenar contratos de un mes en lo que surja.

El vientre vacío cita libros y artículos de otros autores que parecen muy interesantes.

De hecho, mi lista de lecturas pendientes ha crecido gracias a sus recomendaciones. Me gusta especialmente este fragmento de «Yo, precaria» de María Fernanda Ampuero:

«Mientras nos mantengan creyendo que es culpa nuestra y no de este maldito sistema no saldremos a la calle a romperlo todo. […] Soy una mujer aterrorizada. Terror. Todo el día, todos los días».

Una consecuencia de este sistema es la infantilización.

La realidad es que muchas personas que ya han cumplido los 30 años no tienen control sobre casi ningún aspecto de su vida. Ni la maternidad, ni el trabajo, ni la vivienda, y a veces ni siquiera la pareja, porque tras años de relación no pueden permitirse irse a vivir juntos.

Se ha intentado vendernos el mensaje de que «los 30 son los nuevos 20». Se nos dice que somos jóvenes, que disfrutemos del momento para vivir sin ataduras, y hay quien cae en la trampa. Sí, hay gente que a esa edad sigue viviendo como en la adolescencia, porque tampoco tienen muchas más opciones. Pero los que ven la situación con más lucidez se sienten estafados, y llenos de rabia.

En esta situación, la tasa de natalidad es muy baja.

Somos muchas las mujeres que deseamos ser madres; pero si no tenemos dinero ni siquiera para mantenernos a nosotras mismas, ¿cómo vamos a plantearnos tener un hijo?

«El análisis sobre el coste de la crianza elaborado por Save the Children señala que en España el 28,3% de los niños y niñas viven en riesgo de pobreza infantil. Más de 2,2 millones. Muchas familias, a pesar de realizar un inmenso esfuerzo económico, no pueden garantizar que sus hijos e hijas crezcan y se desarrollen en las condiciones adecuadas. Las más vulnerables, en su mayoría, necesitan de las prestaciones del Estado para poder cubrir sus necesidades básicas. Pero las prestaciones a familias y a la infancia en España están dentro de las más bajas de Europa».

Las medidas de conciliación familiar en España son prácticamente inexistentes. Lo mismo sucede con el reparto de las tareas del hogar y de la crianza de los niños, que siguen siendo poco igualitarios. Muchas mujeres vivimos lejos de nuestras familias, y no podemos recurrir a nadie que nos ayude a cuidar de nuestra descendencia mientras estamos trabajando. Pagar una guardería o una niñera es un lujo que no nos podemos permitir.

Para colmo, somos conscientes de que la biología juega en nuestra contra.

Muchas vivimos con el miedo a que, cuando por fin podamos permitirnos la maternidad, nuestro cuerpo nos lo impida: puede que seamos estériles, o demasiado mayores. Tal vez nuestros óvulos serán «defectuosos» y no podamos quedarnos embarazadas; o nuestra edad incrementará el riesgo de que se produzcan malformaciones o enfermedades en el feto. Por eso cada vez más mujeres recurren a la vitrificación. El capítulo dedicado a este tema es excelente y muy lúcido.

Esto es maravilloso para la lógica capitalista. El vientre vacío lo resume perfectamente:

El Estado nos pide que tengamos hijos para poder sostener el sistema de pensiones, pero no nos ayuda a conseguirlo. Así que tenemos que someternos a las exigencias del mercado laboral, que impone su propio ritmo, y nos obliga a esperar hasta que ya somos tan mayores que necesitamos recurrir a la reproducción asistida. Como la Sanidad pública impone unas limitaciones y unos plazos que excluyen a muchas mujeres de este servicio, las clínicas privadas son el último recurso. Así que muchas mujeres o parejas acaban teniendo que pedir un crédito, que invierten en su maternidad. Y esas maternidades revierten positivamente en el sistema público, que no ha movido un dedo ni hecho ningún gasto para fomentarlas.

Es el negocio perfecto. Y una mecánica perversa que aumenta cada vez más la brecha entre las clases sociales.

Si no quieres o puedes entrar en él, puedes intentar adoptar. Pero eso tampoco está al alcance de todos. Además, los trámites pueden llegar a ser traumáticos, y el desembolso económico que supone también es importante.

El dolor que provoca esta situación es desgarrador.

Cada vez hay más mujeres como Yerma, la inolvidable protagonista creada por Federico García Lorca. Y nuestro sufrimiento es tan real como el que retrata su obra.

«La ausencia, y no solo la presencia –la de un bebé en ambos casos–, también fragmenta la identidad y la duplica». 

¿Quién soy como «no madre»? Si llevo años fantaseando con mi hijo o hija, si incluso tengo elegidos ya los nombres que les pondré, porque soy madre, porque me siento madre aunque esta maldita sociedad no me permita serlo…  Soy dos: la mujer y la «no madre». Creo que se deberían tomar muy en serio las consecuencias que este tormento produce en la salud psicológica de la población.

La maternidad imposible influye en las relaciones sociales.

Muchas de las mujeres que la autora entrevistó para escribir este libro insisten en ese punto.

¿Qué pasa si una amiga te anuncia que está embarazada? O, peor aún, si tu hermana, tu prima o tu cuñada va a tener un hijo, mientras tú quieres y no puedes.

Intentas alegrarte por ella, pero en realidad lo que sientes es envidia, rabia e impotencia. ¿Por qué ella sí y yo no?

Eso hace que te sientas culpable, infantil y mala persona. Tratas de razonar contigo misma, te dices que ya llegará tu momento. Pero no puedes evitar sentir lo que sientes. Tu autoestima se resiente, te hundes, y no siempre puedes volver a levantarte.

Esta situación es muy común en la actualidad, pero pocas personas se atreven a hablar abiertamente del tema. Por eso son tan importantes los libros como El vientre vacío. Necesitamos darnos cuenta de que tenemos un problema global, como sociedad.

¿Y qué pasa con los abuelos?

Algunas de las entrevistadas tienen una presión añadida: saben que sus padres desean tener nietos, y les entristece no poder dárselos. También está el caso contrario. Hay mujeres que guardan un precioso recuerdo de todos los momentos de su infancia que compartieron con sus abuelos, y sufren al pensar que sus hijos no van a poder vivir esa experiencia.

El vientre vacío es un análisis certero y profundo de nuestra época.

Aunque el tema principal es la maternidad no realizada, la autora deja claro que estos problemas nos afectan a todos, también a los que no quieren tener hijos. Una opción que, por cierto, respeta y defiende:

«La maternidad debe ser deseada y no impuesta».

En esta reseña he podido enunciar solo algunos de los puntos que trata el ensayo. Hay muchas reflexiones, datos estadísticos, artículos periodísticos, estudios científicos y testimonios que no he incluido. Entre otros motivos, porque espero que os apetezca leer este libro y descubrirlos por vosotros mismos.

Yo quiero darle las gracias a la autora, porque su investigación, sus entrevistas y su forma de volcar sus propias emociones y experiencias en este texto me han supuesto un enorme consuelo. Leerlo ha sido como recibir un abrazo colectivo. Y, por supuesto, os lo recomiendo sin ninguna duda.

¿Conocíais este libro? Si lo habéis leído, ¿qué os pareció? Si no, ¿os parece interesante? Espero vuestros comentarios.

Por hoy me despido hasta la próxima reseña. ¡Leed mucho!

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